"El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer."
Mariano José de Larra.

viernes, 13 de junio de 2014

Praga

La luna ya me había cucado un ojo, y el gato negro de la plaza, por suerte, hoy no había aparecido, pero ella sí. Llevaba puesta una sudadera verde y, en el centro, la palabra clave: Prague. No era modelo de ciencia ficción, como la hija de puta de la barbie de mi ex, pero tenía una sudadera verde que ponía Prague. Había soñado vivir en ese lugar durante tanto tiempo... Y ella aparecía de la nada, bueno, de supongo que vendría de tomar alguna que otra cerveza, justo en aquel momento en el que mi vida pedía a gritos enamorarse de cualquier ingenua con un poco de pecho que hubiese estado en Praga (o en París, que era mi segunda opción de residencia).
Cruzando ese paso de cebra siempre me sentía incómoda, porque pasaban demasiados coches, pero al menos esta vez no estaba sola. Tenía un amable fan de mi sudadera que me llevaba siguiendo desde el metro. Y no sé qué coño me hizo ceder a devolverle la sonrisa. Quizá sus converse, que eran realmente bonitas. Pero sonreí y él señaló la sudadera de Praga que había cogido prestada de la casa de mi mejor amigo.
Al preguntar si había estado allí y, ante la respuesta afirmativa, ya no pude resistir al grito de ¡enamórate de ella!
Y yo nunca había estado en Praga, pero se me da muy bien mentir a los desconocidos. De hecho, jamás había salido de España, sin contar los viajes del colegio.
Caminamos un buen rato y, como ella estudiaba en la universidad, tuve el impulso de decir que tenía terminado un módulo en enfermería, aunque, en realidad, llevaba tomándome dos años sabáticos para conocerme a mí mismo.
Fue una noche estupenda y quién me diría que terminaríamos volviendo a quedar.
Y así, estuvimos saliendo un par de meses. Tuve que fingir que me gustaban un montón de cosas estúpidas, porque a ella le gustaba Praga y los conciertos de música electrónica.
Pasamos un tiempo maravilloso, él aguantaba mis tardes de escalada y yo, a cambio, sus conciertos de música electrónica y esa extraña obsesión por Praga.

Pero todo lo que empieza en mentira, con mentiras y excusas termina. En cierto modo, ambos sufrieron durante menos de diecinueve días y quinientas noches, hasta que cayeron en la cuenta de que mentir es sinónimo de no conocer, y es imposible enamorarse de verdad de una absurda mentira que nunca llegaría a poner sus patas cortas en Praga.

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