Hoy vuelven a estar en el mismo río donde están todos los días. Donde hacen
que las mañanas sean más rápidas, donde las libéralas vuelan al compás del
sonido de la cascada. Un hombre y cuatro niñas juegan con la libertad que da el
verano para llevar ropa, dejando ver al mundo el cuerpo semidesnudo de cada uno
de ellos. Cuerpos, el de las cuatro, bendecido por la naturaleza. Juegan donde
empiezan las rocas y la frontera entre agua y tierra se acentúa más.
-Venir chicas, mirad lo que he encontrado debajo de esa roca- Grita el
hombre mientras señala un pedrusco enorme.
Las chicas se acercan corriendo al lugar donde el hombre las estaba
esperando con algo entre sus manos.
-¡Un cangrejo!- exclama la primera que llega. La que a ojos vista, parece la mayor de todas.
La que tiene los senos casi formados e intenta taparlos dejando su ombligo al
aire y las gotas de agua descendiendo sobre su vientre adentrándose en sus
caderas. La de la piel bronceada y el pelo rubio.
Ninguna sabe lo que es aún un hombre, a menudo me las encuentro por el
pueblo, montando en bici y las pierdo cuando cruzan la calle. Siempre juntas,
las cuatro, inseparables. Los chicos revolotean sobre ellas pero siempre son
despedidos con desgana. No saben aun lo que es un hombre.
-¿Cómo? Un cangrejo.- Pregunta la más pequeña de las cuatro. La que por
ahora solo deja ver al mundo brazos y piernas.
Las otras dos, al oír que era un cangrejo lo que el señor mantenía sobre
sus manos, cambiaron de opinión y se tiraron al agua. Antes de ello, estuvieron
pensando sobre las rocas si tirarse o no, mirando al agua con deseo y respeto.
Esta fría, el agua de este rio siempre esta fría. Una vez dentro, salen del
cauce por la orilla, andando, descubriendo sus cuerpos a cada paso que daban.
Dejándose ver a cámara lenta, sin prisa. Insinuando su feminidad a ojos del
hombre y de los míos. Como cuando una vez entraron en mi jardín a por una
pelota, con una sonrisa picaresca y una actitud clandestina.
-¿No queréis ver el cangrejo?- Les grita el hombre.- Venir- insiste.
-No nos interesa- Responden las dos al unísono. Son gemelas, las medianas,
otros del pueblo parecen no fijarse en ellas. Pero es mentira. Son la alegría
de la aldea, sin ellas todo sería aburrido y triste.
La otra noche casi las paro, cuando bajo la vigilancia de la mayor, volvían
a casa a oscuras. Podían haber entrado en la mía y descansar hasta el día
siguiente. No me hubiera importado tener que cocinar para ellas, o haberlas
tenido que arreglar la cama a alguna para que pasase la noche.
Las gemelas inclinan el cuello en direcciones opuestas, dejando al aire
toda la longitud de este y la vena palpitante que sube desde el corazón a la
cabeza. Recogiéndose y estrujándose el pelo con las manos, soltando el agua que
ha absorbido del agua del rio. Mientras tanto, dejan sus cuerpos al Sol,
bronceándose y haciendo que brille.
-¿Queréis comer niñas?- pregunta el responsable.
-Vale.- Contestan todas.
-¿Podemos seguir jugando luego tío?- quiere saber la pequeña, acercándose
al hombre.
¿Es el tío, ese hombre es el tío de las niñas? Qué envidia, poder vivir con
ellas durante todo el
verano en la misma casa. Poder disfrutar de sus mañanas y
arroparlas cuando duerman. Ducharlas si fuera preciso y darla de comer. Sobre
todo a la mayor. La de doce años.
-Claro- responde el tío.
Un edén a simple vista, hasta ahora creía que era el edén privado de ese
hombre. Y resultan ser sus sobrinas. Entonces, no han conocido hombre. Es
verdad. ¿Quién lo diría? Con esos cuerpos pavoneándose frente a él, todos los
días en el rio. Con el sonido de sus sonrisas y del agua, con las siluetas y
las sombras, con el baile de ropas y de movimientos, con la ligereza que da el
verano.
Ojala fuera agua.
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