La bala, en la sien, milagrosamente sostenida por dos
temblorosos dedos; en la mesa una mágnum 38 desprendiendo un inquietante calor
y en la cabeza un silbido ensordecedor.
Quedaba muy lejos el día en el que ambos visionábamos con
admiración esa película de militares rusos y demasiado cerca el kilométrico
rastro de sangre que vestía la habitación de un rojo pánico. Pero ya no tenía a
nadie con quien compartir el miedo.
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