"El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer."
Mariano José de Larra.

martes, 21 de octubre de 2014

Quizás no fuera padre y seguiría siendo hijo.


La lluvia revotaba en los cristales, formaba pequeños ríos que descendían por el capo azul oscuro del coche mal aparcado de la esquina. Una mujer andaba de la mano de su hija, el sol jugaba al escondite con la luna y las miradas. Un vecino muere y la ambulancia no tarda en llegar, Madrid avanza en la oscuridad de la tormenta bajo las sirenas y semáforos, bajo el tiempo que todo lo observa. También observaba desde el asiento del conductor, un joven, las piernas y zapatos, los pasos y los saltos de la unión de madre e hija.

En la iglesia todo era diferente, el padre no jugaba con su hijo y sin embargo siempre estaba con otros niños. Aquel infante fue después hombre de vida en castigo y de muerte inalcanzable, miraba en sus recuerdos, como mira por los cristales del coche, y se veía detrás de una puerta oyendo lágrimas y palabras bonitas, palabras que no le dirigían.

Un abrigo marrón tres cuartos cubría el cuerpo de la madre, el abrigo sobre una blusa azul con cierta transparencia y un sujetador del mismo color que se dejaba ver por el hombro izquierdo, una falda tan larga como premia la vergüenza y priva el deseo, unas piernas largas descendían de la ropa hasta los tacones y el suelo. En un brazo el bolso negro, al otro su hija. En su mirada, bajo su pelo rojo sangre  de media melena y su diadema, a la altura de las orejas y las perlas, unos ojos marrones brillaban como el agua que caía sobre los cristales.

Una vez, se encontró la puerta del baño abierta, se encontró un niño en la ducha callado y con la mirada perdida y a su padre limpiándolo como solo puede limpiarse la inocencia. Muerto de envidia comenzó a chillar, pero los gritos solo duraron el tiempo que tardo el padre en cerrar la puerta. Por aquel entonces no entendió los ojos de quien le miro, apagados, callados pero en un cuerpo de solo cinco años. Por aquel entonces la envidia le gobernó y solo pensó en morirse o abandonar su casa.

Con la madre hablando al otro lado de la esquina con el tendero y su mujer; la niña se permitió correr sin dirección alguna, cerca de su madre pero a la distancia en la que la imaginación es libre, cerca de un aparcamiento y del portal que siempre le da la bienvenida. Las palabras fluían con la rapidez que da la seguridad del barrio y la cercanía de la casa.

Si él hubiera tenido un ejemplo, lejos del infierno, separado del cobarde que acecha en la oscuridad de donde se confiesan los ingenuos; si hubiera sido él quien amaba su padre. Quizás no fuera padre y seguiría siendo hijo. Pero con el tiempo y un currículo más que deleznable, comprendió que no limpiaba a los niños por fe a Dios sino por amor al cuerpo. Comprendió que el niño había muerto cuando la toalla secaba su cuerpo de agua y sal, de miedo y malos recuerdos.

-Enorgullécete de mí, padre. Porque soy el hijo que sigue tu ejemplo y aunque sé que soy culpable solo por ti merezco hacerlo.- Dijo en voz alta dentro del coche.

Al mismo tiempo la puerta de un coche se cerró dirección adiós. Un zapatito cayó sobre la acera y la madre se despidió del tendero y su mujer sin encontrar la mano con la que venía. Miró el hijo una foto en su cartera…

-Enorgullécete padre por lo que he hecho…- 

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