Emulando a los pájaros, el conejo sobrevoló el arbusto e
intentó, como en otras ocasiones, sumergirse en la familiar negrura sin tocar
suelo, pero se dio de bruces con varias vallas amarillas.
– ¿Quién las habrá puesto ahí?- Preguntó indignado con su
voz chillona.- Ahí debía estar el gran agujero.
Como no hubo respuestas empezó a apartarlas una a una, ante
la atónita mirada de la niña. Tras el arduo trabajo, se encontró la superficie
tapiada y un llamativo letrero en cirílico. Dado que sus fantasías eran
superiores a las trabas lingüísticas acertó a leer:
“RECORTES EN CULTURA HAN IMPEDIDO MANTENER EL AGUJERO”.
Miró a la muchacha con resignación y encogió los hombros.
Alicia apenada se despertó de repente y sobresaltada notó el frío filo de unas
enormes tijeras que suavemente acariciaba su blanquecino cuello.

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