El hielo en el alcohol, tu helada, que me caló hasta las venas. Me abrí en canal para ti, y te quedaste mirando mis entrañas. Tú te abriste también: dejaste que el dulce licor de la sangre corriera por el suelo húmedo de lluvia.
Éramos dos y uno: la locura disuelve los límites de la realidad, hace del gobelino una tela fina y suave, que se rompe cuando la daga del dolor corta las venas. Las estatuas, los cenotafios, las morgues, siguen llamándote desde las sombras del reloj. Hay algo, en cada parte de mí, de tu corrosiva melancolía. Como una araña, escalaste entre las tripas desvencijadas y carcomidas por el tiempo; tejiste tu tela de viuda negra y la empapaste con el rocío punzante de mis lágrimas infinitas.
Me cuentan que ahora eres otra: que ya no ríes como una tonta más, que a tu sonrisa la ha ahogado la nostalgia de lo que nunca tuviste en tu mano, los golpes de los hombres que te hicieron llorar hasta secarte las alas. Me dicen los cuervos que escribes en un rincón, poemas y notas a todos los que has perdido, y que susurras mi nombre cuando cae el agua de las estrellas, rogando, en silencio, que la gélida tempestad te limpie también por dentro.
A veces bebo más de la cuenta y te veo en los espejos, en el reverso de las hojas caídas del calendario, en el ensordecedor y agónico murmullo de este mundo. Me place, en la soledad del borracho, verte como eres: sombra de una hermosura largamente marchita. Y yo me he peleado, he desvestido, he recibido la carne y el calor de otras, y ya no me pesan nada las piedras que cuelgan aún de tus pechos; los secretos que un día fueron sólo nuestros ya los conocen todas mis amantes. Te das cuenta, por fin, de que los corazones se han ido, pero siempre queda el frío. Y el mundo vuelve a ser verde: te grito, en la noche, que olvides que me debes nada, que la primavera llegará cuando tu historia acabe, que la espada de Damocles es sólo una ilusión de los ciegos. Mis amigos quieren matarte, ahorcarte con una soga de hierro, arrancarte mi recuerdo de tus ojos rotos, pero yo no te guardo ningún rencor: fuiste Dios y Lucifer, espectro de lujuria e infierno, ídolo de un cadáver ateo.
Los hombres sabios hablan, sentados, en un burdel. Discuten sobre todo aquello que no han visto. Me río de sus altares y escupo en sus tumbas: los mejores poetas son los que llevan una vida impía, sucia, miserable. Los que más páginas han escrito no han sabido vivir a la altura de sus letras; aquel que mira desde los barrotes de su cuerpo sabe más que toda la inteligencia que no ha salido de su estudio. Las cadenas de esta putrefacta mortalidad nos atan a los epitafios; el mío dirá que sólo recordé olvidar a tiempo, que me entregué al placer del humo y los vapores etílicos, a la insoportable levedad de nuestra piel. Yo dejé algo de mi sudor, de mi sanguinolenta mirada, de mis negras alas, en todos los capítulos de los libros que se han hecho sobre este tártaro de cemento y metal: cada vez que la inocencia es asesinada, que escupen bilis los rencores, que sólo el vacío habla, algo de mí se estremece. Y es que hablan de mí. Sí: todos tus libros estúpidos y carentes de toda calidad fueron escritos a la sombra de un inmenso océano de pureza violada, de esqueleto risueño, de mi néctar.
He perdido todas las horas que me fueron heredadas, pero no me importa: no me preocupo de la cama que me sostiene, de la compañía que me guarda, de los labios que desgarran mi cuello. Soy todos los árboles muertos, todos los pájaros que rompen tu soledad egoísta y marchita, el demente monstruo que se te aparece en la bóveda de tus ojos cerrados. Y sé que ya nunca volverás a abrirlos, a disolverte en otra hoguera, a entregarte a otra bestia de furor tan abominable. Porque no la hay.
El olvido es un viejo camarada, que ya ha devorado todo aquello que le encomendé destruir. Y es que la memoria es tan corta... y tan largas las historias...
Quise decirte, siempre, que te quería. Pero ya no importa: Caronte te llama, querida, y su voz es más dulce que la mía. El capitán te espera, y nadie se atreve a ser impuntual con la lápida, amor.
Dijiste que querías ser actriz, una artista, alguien que dejará su impronta en las mentes del mundo que conocemos. Y fracasaste tan estrepitosamente que sólo yo te recuerdo.
No sabías, mi niña, que, frente a la muerte, sólo se pierde.
No sabías, mi niña, que, frente a la muerte, sólo se pierde.
Dicebant
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