"El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer."
Mariano José de Larra.

domingo, 27 de mayo de 2012

Y Don Latino le quitó la cartera...


Es increíble cómo se pasa uno la vida enredado en un mundo empeñado en que nunca te oigas pensar. Quizá suene esto a crítica, pero lo cierto es que no lo es. Millones de años de evolución han dado lugar al ser humano, y una decena de miles de años a la sociedad en la que vivimos. Es simplemente absurdo pensar que algo que ha llevado todo ese tiempo formándose y adaptándose sea un fracaso. Claro que no se puede mejorar sin alguien que critique, pero hay una gran diferencia entre el que es crítico y el que es un cínico.

A golpe de ilusiones estériles, algunas vidas acaban siendo una sombra que da sólo para ver el mundo teñido de negro, sin ninguna línea que indique el presente, con una realidad que se diluye sin remisión entre recuerdos y sueños. Y no hablo de sueños en el sentido de ilusiones ni esperanzas cursis; simplemente sueños, malos y buenos. Ésas vidas, en cualquier caso, serían ellas mismas, en su conjunto, una crítica a la humanidad, si alguien tuviera el poder de estudiarlas como un todo. Esto es, nadie sabe en realidad cómo son las vidas de los demás, no podemos más que intuirlo, y suponer que lo sabemos es de una arrogancia tremenda. La vida pasa y ni siquiera tú sabes cómo es que has acabado por ser así. Y cómo es que los hay que desean que ese momento de total desconcierto y olvido que se prolonga durante el breve letargo que sucede al despertar, fuera eterno. En resumen, hay gente que en la práctica no está viva.

Después tenemos al mundo. Al pobre mundo; empeñado en no mirar más que al suelo. Esto también suena crítica. No lo es. Los hay que se llenan la boca hablando del infantilismo y de la inmadurez y de la estupidez del mundo, y si no quisiera romper esa especie de pedantería inocente que los sustenta, les diría que en la Ley se reconoce una cosa llamada “miedo insuperable”. No importa el crimen que hayas cometido, el “miedo insuperable” es el atenuante definitivo: te exime de lo que sea. La cuestión es: ¿miedo a qué? Pues es muy simple: no es miedo a perder la dignidad, o a que te roben o asalten o violen; es miedo a la muerte. A algo que vive y que en el fondo de los abismos de su mente sabe que lo único que alguna vez estará cerca de poseer es la vida, no puedes culparlo de querer salvarla. Quiero decir, si mirar a la “verdad” lo que revela es la inutilidad absoluta de la existencia, su completa falta de sentido, su insignificancia absoluta frente a la eternidad de la muerte, no puedes culpar a nadie por querer mentirse. Si lo hace es, simplemente, por salvar la vida. Puesto de manera más poética y tremendista, recuerdo haber dicho una vez: “los adultos se matan, los niños no”. Y es cierto, es eso.

Volviendo con los cínicos, ése es un término que a menudo se usa como insulto, en un tono peyorativo. No es ésa mi intención. Simplemente estoy dando cuenta de un hecho. Hay personas que, por así decirlo, han sido abiertas en canal y a los abismos de su mente ha llegado algo de la oscuridad de esta corriente infinita que es el Tiempo. Ya no les queda ninguna ilusión en el fondo. Son “cadáveres insepultos”, como los llamaría un romántico. Para poder cambiar algo, mejorarlo, hay que tener un mínimo de fe. Fe en algo que inspire esa manipulación. Esto es, hay que creer en algo. Si no crees en nada, resulta que la mayoría de las observaciones empiezan a hacerse desde un punto de vista demasiado desgarrado. Te vuelves lo que se suele llamar un pesimista. Dicho de otra manera, lo que de verdad ocurre es que se pierde toda noción de “verdad” y “mentira” y “mejor” y “peor”; está, simplemente, la verdad, y lo demás son “mentiras”. Es decir, está el morir, y lo demás no existe. Si nos fiáramos por completo de la verdad, entonces el pesimismo es ley, y lo demás son ilusiones: de nada vale hacer nada si un día estarás muerto y hagas lo que hagas dará entonces igual. La Vida es un instante insignificante frente a la vastedad infinita de la Muerte. Eso es una verdad simplemente incontestable. No es posible negarla sin recurrir a algún dogma, una religión o algo así; es decir, sin mentirse. De nuevo suena a crítica, y de nuevo no es ésa mi intención. Yo no critico nada. Simplemente describo lo que estoy viendo. Y sí, ojalá estuviera ciego.

Toda esta profusión de palabras y poesía mala en prosa viene a decir que no es culpa del mundo querer seguir siendo como es, que es la única forma de ser, la verdad. Que quizá unos nazcan para morir y otros para matarse, o para echarle la culpa de todo al tiempo. Y comprender es horrible, al final, pero tal vez haya a quien no le quede más remedio que comprender. Pero hoy eso de entender las cosas está sobrevalorado. La cultura anglosajona que nos domina impone todas esas ideas en su inocente(?) superficialidad, de ahí que casi cada intelectual inglés acabe suicidándose o siendo un cínico, si acaso difieren ésas cosas en algo. Comprender no es mejor que quedarse sin entender nada, desde luego.

 “Los muertos no hablan”, sentenciaba Max ya con un pie en la ultratumba. Y malditos sean, que es cierto que nunca dicen nada, por mucho que les griten. Supongo que no podemos evitarlo. Y sí, tal vez Don Latino fuese un cerdo y le quitara la cartera; pero él estaba vivo, el otro no.

Dicebant

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