Es increíble cómo se pasa uno la vida enredado en un mundo empeñado en que nunca te oigas pensar. Quizá suene esto a crítica, pero lo cierto es que no lo es. Millones de años de evolución han dado lugar al ser humano, y una decena de miles de años a la sociedad en la que vivimos. Es simplemente absurdo pensar que algo que ha llevado todo ese tiempo formándose y adaptándose sea un fracaso. Claro que no se puede mejorar sin alguien que critique, pero hay una gran diferencia entre el que es crítico y el que es un cínico.
A golpe de ilusiones estériles, algunas vidas acaban siendo
una sombra que da sólo para ver el mundo teñido de negro, sin ninguna línea que
indique el presente, con una realidad que se diluye sin remisión entre
recuerdos y sueños. Y no hablo de sueños en el sentido de ilusiones ni
esperanzas cursis; simplemente sueños, malos y buenos. Ésas vidas, en cualquier
caso, serían ellas mismas, en su conjunto, una crítica a la humanidad, si
alguien tuviera el poder de estudiarlas como un todo. Esto es, nadie sabe en
realidad cómo son las vidas de los demás, no podemos más que intuirlo, y
suponer que lo sabemos es de una arrogancia tremenda. La vida pasa y ni
siquiera tú sabes cómo es que has acabado por ser así. Y cómo es que los hay
que desean que ese momento de total desconcierto y olvido que se prolonga
durante el breve letargo que sucede al despertar, fuera eterno. En resumen, hay
gente que en la práctica no está viva.
Después tenemos al mundo.
Al pobre mundo; empeñado en no mirar más que al suelo. Esto también suena
crítica. No lo es. Los hay que se llenan la boca hablando del infantilismo y de
la inmadurez y de la estupidez del mundo, y si no quisiera romper esa especie
de pedantería inocente que los sustenta, les diría que en la Ley se reconoce
una cosa llamada “miedo insuperable”. No importa el crimen que hayas cometido,
el “miedo insuperable” es el atenuante definitivo: te exime de lo que sea. La
cuestión es: ¿miedo a qué? Pues es muy simple: no es miedo a perder la
dignidad, o a que te roben o asalten o violen; es miedo a la muerte. A algo que
vive y que en el fondo de los abismos de su mente sabe que lo único que alguna
vez estará cerca de poseer es la vida, no puedes culparlo de querer salvarla.
Quiero decir, si mirar a la “verdad” lo que revela es la inutilidad absoluta de
la existencia, su completa falta de sentido, su insignificancia absoluta frente
a la eternidad de la muerte, no puedes culpar a nadie por querer mentirse. Si
lo hace es, simplemente, por salvar la vida. Puesto de manera más poética y
tremendista, recuerdo haber dicho una vez: “los adultos se matan, los niños no”.
Y es cierto, es eso.
Volviendo con los cínicos, ése es un término que a menudo se
usa como insulto, en un tono peyorativo. No es ésa mi intención. Simplemente
estoy dando cuenta de un hecho. Hay personas que, por así decirlo, han sido
abiertas en canal y a los abismos de su mente ha llegado algo de la oscuridad
de esta corriente infinita que es el Tiempo. Ya no les queda ninguna ilusión en
el fondo. Son “cadáveres insepultos”, como los llamaría un romántico. Para
poder cambiar algo, mejorarlo, hay
que tener un mínimo de fe. Fe en algo que inspire esa manipulación. Esto es,
hay que creer en algo. Si no crees en nada, resulta que la mayoría de las
observaciones empiezan a hacerse desde un punto de vista demasiado desgarrado. Te vuelves lo que se suele
llamar un pesimista. Dicho de otra
manera, lo que de verdad ocurre es que se pierde toda noción de “verdad” y “mentira”
y “mejor” y “peor”; está, simplemente, la verdad,
y lo demás son “mentiras”. Es decir, está el morir, y lo demás no existe. Si
nos fiáramos por completo de la verdad,
entonces el pesimismo es ley, y lo demás son ilusiones: de nada vale hacer nada
si un día estarás muerto y hagas lo que hagas dará entonces igual. La Vida es
un instante insignificante frente a la vastedad infinita de la Muerte. Eso es
una verdad simplemente incontestable. No es posible negarla sin recurrir a
algún dogma, una religión o algo así; es decir, sin mentirse. De nuevo suena a
crítica, y de nuevo no es ésa mi intención. Yo no critico nada. Simplemente
describo lo que estoy viendo. Y sí, ojalá estuviera ciego.
Toda esta profusión de palabras y poesía mala en prosa viene
a decir que no es culpa del mundo querer seguir siendo como es, que es la única forma de ser, la verdad. Que quizá unos
nazcan para morir y otros para matarse, o para echarle la culpa de todo al tiempo. Y comprender es horrible, al final, pero tal vez haya a quien no le quede
más remedio que comprender. Pero hoy eso de entender las cosas está
sobrevalorado. La cultura anglosajona que nos domina impone todas esas ideas en
su inocente(?) superficialidad, de ahí que casi cada intelectual inglés acabe suicidándose o siendo un cínico, si acaso difieren
ésas cosas en algo. Comprender no es mejor que quedarse sin entender nada,
desde luego.
“Los muertos no
hablan”, sentenciaba Max ya con un pie en la ultratumba. Y malditos sean, que
es cierto que nunca dicen nada, por mucho que les griten. Supongo que no
podemos evitarlo. Y sí, tal vez Don Latino fuese un cerdo y le quitara la
cartera; pero él estaba vivo, el otro no.
Dicebant
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