Te perseguí.
Eras tú la presa y yo el depredador. Te di un objetivo. Pasabas un viaje penoso, sola. Y yo te di un propósito. Te marqué la salida. En este negro mar de mentiras y absurdo, de vida sin sentido, de vida brutal y de muerte eterna, tuvo razón la vida. Tuvo motivo la existencia y la conciencia, y la acción y el movimiento. Te perseguí.
Te regalé vida.
En la oscuridad de esa noche sin estrellas sentiste que tu vida importaba. Que quizá hubiese cosas malas, cosas horribles, cosas que no cuentas a nadie y en las que no te atreves a pensar. Pero que se puede querer vivir. Que no todo es tan malo, que tal vez haya hasta amor, y amigos, y cosas que crees que pueden estar esperándote, cosas que tú también esperas, aunque no quieras.
Bajo la histérica luz de una farola te paraste, frente a una puerta. Y la llave no encajaba, y pensaste que qué mal, que justo cuando más la necesitabas, venía a fallarte, como tantas cosas. Y el tiempo se dilataba en torno a tu cuerpo, como un día sin nada que hacer, como si la luna ensombrecida se hubiese parado en el vacío, y esperara a ver qué pasaría.
Oíste algo. O creíste oír algo, que al fin y al cabo creer sentir y sentir es todo uno y lo mismo. El terror informe más profundo estiró sus tentáculos y te sostuvo en el aire. Esa imaginación desbocada y traicionera te hacía vislumbrar el mal allí donde tus ojos no veían nada. Y sentías ese frío tan cerca. Esa angustia que es como un grito del silencio te escalaba por el pecho, retumbaba en tu cabeza, casi te hacía temblar.
La soledad había agudizado tus sentidos. Pero ya no estabas sola. Lo sabías. Allí había alguien. Allí estaba yo. Nunca nadie te había hecho sentir así. Nunca nadie se había hecho sentir en ti así. A muchos has conocidos, pero el calor temporal y fugitivo nada tiene que ver con ese frío. Con esa daga helada que parece que te corta el cuello, y esos brazos como de muerto que te sostienen.
Esperando a ver qué ángel negro se asomaba de entre las sombras, dejaste de respirar. En la quietud más absoluta sólo sentías ya tu propio calor, y ese aire de hielo que aunque fuera verano, sentías correr por tu cuello. Nunca antes habías escuchado así al silencio.
Conocías ese lugar, a fuerza de vida y rutina. Sabías de los muros altos y cerrados, y del callejón y el lugar a donde las agujas de tu pavor apuntaban. Pero la oscuridad había hecho suyo ese paraje. Ya no te era familiar, tu vida era extraña, estabas perdida entre mil rincones que quizá ponía ahí tu miedo, o tal vez no habías tenido nunca tiempo ni ganas de conocer. El peligro podía venir de todas partes, de cualquier lugar, en cualquier forma. Ya estaba allí. A los lados, delante, no había salida.
Allí estuviste, inmóvil. Y cuando esa actitud infantil del si no los veo no me ven dejó de consolarte, y el chillido que te quebraba por dentro se hizo más fuerte, comenzaste a girarte lentamente.
No sé qué esperabas ver. No sé si querías ver algo, convencerte de que aunque la vida a ratos parece nada, hay una sed de vida voraz, suelta, liberada, que extiende sus negras manos por las sombras de la noche, que infunde el terror y el frío, y parece acariciar como una serpiente, como un cuchillo.
A la mitad de la vuelta, la impaciencia cobró ser. El miedo y el terror se desvanecieron un instante. Ver el mal que nos consume es mejor que no ser más que un muerto en la noche, quizá pensaras. Era un movimiento tan leve, tan pequeño, insignificante, pero sólo la fuerza de una voluntad que era mezcla de tedio y deseo, de valor, de curiosidad morbosa, pudo mover tu cuello.
Y tus ojos se movieron. Las tinieblas desaparecían. A la luz, miraste.
Quizás siempre lo has estado.
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