“Creo que ya es hora de que te quites ese trapo de la boca, no sirve para nada”.
Soy verde. Soy
asquerosamente verde. Soy el ser humano más verde que conozco. Lo único que
tengo es exceso de coloración verdosa en todo el cuerpo. Tengo los dedos
verdes. Las pestañas verdes. Mis ojos son verdes. (¿Puedes imaginar los ojos de
un tipo tan verde como yo?) Tengo pigmentos de más. Deslumbro de tan verde que
soy. Mis labios dan asco a los que me miran. Soy la mezcla de todos los azules
y amarillos que han manchado este mundo. Soy de los que los sincolor y los
ramasecas ven por las calles y le gritan: “¡Verde!”
Te das
cuenta que eres asquerosamente verde el día que los niños comienzan a señalarte
y a esconderse entre las piernas de sus padres, cuando las señoras, a tus
pasos, se abrazan a sus bolsos y se echan a un lado (las pobres, se creen que los
voy a manchar), cuando las madres abrazan a sus hijos si te ven llegar. Cuando
señalan los letreros de “nos reservamos el derecho de admisión” al verte.
Cuando algunos jóvenes groseros te tiran piedras a voces de: ¡Verde de mierda,
vete a tu tierra!
La
primera vez casi amarilleo de terror al ver mi reflejo tan verdoso. Tienen
razón. ¿Cómo se puede ser tan asquerosamente verde en la vida? Quise unirme al
coro, gritar: ¡Verde, vuelve a tu tierra! Y odié a mis padres. Porque si soy el
ser humano más verde que conozco es solo culpa de ellos. ¿A quién se le ocurre
mezclarse con un azul siendo asquerosamente amarillo?
En un
momento me escondí del sol y me le entregué a la noche, pero el verdor me
brotaba y los sincolor horrorizados continuaban gritándome, apartándose,
señalándome, diciendo: “¡Mira, es verde!” Hace mucho que no puedo dar más de
veinte pasos sin que me griten: “¡Verde, vete a tu tierra!”, pero no tengo más
remedio que bajar la cabeza sin hacerle caso.
Hasta
los verdes que no quieren ser verdes y muchos que no son verdes, pero tampoco
sincolor, se echan a un lado para gritarme a la distancia: “¡Vete a tu tierra!”
Lo malo
de ser verde es que hay cosas que no se puede hacer. Ayudar a la gente, por
ejemplo. En los andenes del metro me coloco en los lugares más verdes, para
camuflarme, pero sigo siendo verde y te encuentra con gente sincolor y
ramasecas que se piensan que pueden mirarte como a ellos les da la gana. Por
eso aprovecho los momentos que menos ramasecas entran al metro para viajar.
Pues un día estando camuflado en una esquina del andén una señora se puso a
coquetearme, no sé lo que quería ni cómo me vio.
¿Crees
que se puede ser Lolita a los ochenta? Pues esa lo era, con ochenta años, no
menos. Empecé a sonreírle porque me hacía gracia que hubiera alguien que no le
diera asco un verde como yo. Se asomó el tren y ella trató de levantarse.
Cuando la fui a ayudar, me miró y me dijo con desdén: “¡Yo puedo sola! ¡No
necesito la ayuda de ningún puto verde!” Me sentí el verde más verde de la
historia. Entonces la vieja más vieja y coqueta que yo había visto en mi vida
se levantó moviendo todos sus asquerosos huesos y empezó a caminar como si de
una modelo se tratara. Al quinto paso se le enredaron los pies y cayó al suelo
como una asquerosa plasta de mierda. Y yo olvidé mi verdor y me bajé a
ayudarle.
El tren
llegó. Se abrió la puerta. Desde el vagón alguien gritó: “¡Un verde! ¡Pobre
señora! ¡Ayúdenla! ¡Corre que es un verde!”, gritó otro horrorizado. Gritaron,
amenazaron, lloraron. Ya todos salían y recordé que soy verde. Que soy
asquerosamente verde. Que soy el ser humano más verde que conozco. Que soy el
verde más veloz que conozco. Recogí color y corrí tan veloz que ninguno se le
ocurrió pensar que podrían atrapar a un verde corriendo. Miré hacia atrás sin
dejar de correr para confirmar que no me seguían y me introduje en la
profundidad del túnel del tren. Un silencio profundo me turbó y busqué aire
para recuperar mi verdor. Cerré los ojos. Escuché otra respiración. Sorprendido
confirmé que tenía enfrente de mí a un rojo. Cuando le pregunté por qué se
había escondido, me dijo: “Porque soy rojo. ¿No ves? Soy asquerosamente rojo.
Soy el ser humano más rojo que conozco”.
Y de
verde lloré. Salí de mi oscuridad brotándome verdor por los poros. Con la luz
del sol mi coloración se intensificó y con apremios dejé libres mis brotes
porque no hay nada peor que la tierra se llene de rojos.
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